dissabte, 26 de juny de 2010

Fakes: jugando a imitar las voces del poder

Los fakes

La producción de fakes es una de las actividades predilectas de la guerrilla de la comunicación. Un buen fake (falsificación/imitación/engaño) debe su eficacia a la coincidencia de imitación, invención, distanciamiento y exageración. Imita la voz del poder lo más perfectamente posible para poder hablar durante un tiempo limitado, sin ser descubierto, en su nombre y con su autoridad (por ejemplo, mediante la falsificación de documentos oficiales). La autora de fakes, sin embargo, no pretende conseguir en primer lugar un efecto material inmediato o buscar su propio beneficio. El objetivo más bien consiste en desencadenar un proceso de comunicación en el cual -a menudo precisamente por el (intencionado) descubrimiento de la falsificación- se cuestiona la estructura misma de la situación de comunicación falsificada. El fake despliega su eficacia en el transcurso del proceso que sigue a su descubrimiento, en la cadena de desmentidos auténticos o tal vez también falsos, completados a ser posible con nuevos fakes. La producción de fakes se mueve muchas veces en el límite o ya al margen de la legalidad. Aunque la situación jurídica no es tan clara como en el caso de las falsificaciones (engaño, etc.), suelen ser perseguidos por la ley.

No vamos a dar indicaciones concretas de cómo se pueden conseguir cartas con membretes, datos personales, ni tampoco explicaremos el uso de los scanners, fotocopiadoras y de los sistemas de edición en láser. Las autoras de fakes siempre han tenido mucha imaginación respecto a su utilización. Aquí más bien se trata de hablar de los efectos de los fakes y de los objetivos que se persiguen con ellos.

La teoría del fake

En las sociedades burguesas de hoy, el poder se ejerce y se legitima en gran parte por medio del discurso. Los fakes intentan alterar este sistema de funcionamiento del poder y dañar su legitimación difundiendo en su nombre informaciones falsas, sutilmente modificadas o simplemente sin sentido. De este modo, se quiere violentar la pretendida naturalidad de los procesos discursivos mediante los cuales el poder se constituye y se reproduce. El fake es un medio táctico que no suele ofrecer proyectos o discursos alternativos. A pesar de ello, posee en cierto modo un efecto esclarecedor-emancipador: demuestra que todo podría ser también muy diferente, que las estructuras del habla y del poder, tal como se le presentan al ser humano, ni son concluyentes ni naturales. En los procesos de comunicación, el fake hace vislumbrar aquel perturbador y potencialmente resistente «otro» de lo existente, que el discurso dominante condena al silencio a todos los niveles, sin conseguir nunca hacerlo desaparecer.

El fake se basa, pues, en la interferencia o subversión momentánea de aquello que Foucault llama el «orden del discurso» y que identifica como el elemento esencial del ejercicio de poder. Este orden determina tanto los enunciados permitidos de la comunicación social como también los interlocutores permitidos (El Sr. Ministro se dirige al pueblo). El que cambia disimuladamente al interlocutor rompe las reglas que fijan quién puede decir qué y cuándo, y quién no. Eso resulta especialmente efectivo en situaciones estructuradas por grandes diferencias de poder en las que el nombre y la etiqueta del interlocutor determinan la importancia de su discurso y no la fuerza de su argumentación. El fake hace que las ocultas estructuras discursivas del poder queden de repente al descubierto, puesto que la alteración parece proceder justamente de aquel lado que en el orden del discurso tiene la legitimación de hablar y de ser escuchado. Aparentemente son las instituciones municipales las que envían cartas pidiendo a los ciudadanos que se hagan un test de SIDA. El mensaje y el interlocutor varían: por un lado, la ciudadana honrada cree en la honradez de su autoridad pública en lo que a la esfera privada se refiere, por lo que duda de la autenticidad del escrito; por otro lado, sin embargo, es posible que pida hora para someterse al test de Sida precisamente porque confía el control total de la «salud pública» -a pesar de sus dudas- a esta honrada autoridad pública.

La legitimidad de hablar en nombre del poder se consigue mediante la utilización de signos reservados para el poder. Eso pueden ser logotipos como el membrete de una institución, títulos, nombres, pero también el mismo medio utilizado. Tales signos deben garantizarla unidad de autor y texto, esencial para el ejercicio del poder discursivo que, por tanto, queda asegurado por medio de leyes y amenazas de castigo: las instituciones de poder legitimadas son las únicas que pueden disponer de autoridad para pronunciar determinadas exhortaciones. El fake rompe esta unidad. Que eso se percibe como un fuerte ataque queda demostrado por el hecho de que prácticamente todos los fakes, incluso los que se reconocen a primera vista, suelen provocar desmentidos por parte de las personas o instituciones aludidas.

Un fake logrado juega con la atribución de autor y texto. Despliega toda su eficacia justamente cuando ya no es posible construir una relación unívoca entre ambos. En este momento empiezan a oscilar también las significaciones de las declaraciones hechas y se abre la posibilidad de crear nuevas interpretaciones. El principio de la variabilidad interpretativa (¿Por qué no me escucha nadie?) -considerado en los procesos de comunicación convencionales como un factor perturbador inevitable- se convierte en los fakes en el fundamento sin el cual el modo de comunicación del fake no seria posible. El fake no quiere ser entendido literalmente, sino que intenta provocar reflexiones sobre el autor y el contenido del mensaje. Su indefinición, sin embargo, conlleva también que sus resultados nunca sean predecibles con toda seguridad.

El fake pretende introducir lecturas subversivas en los textos yen los modos discursivos del poder. Cada fake convincente constituye una negación lúdica del principio estructuralista que dice que «el texto escribe al autor». Pero tampoco es la autora del fake la que escribe el fake: el texto utilizado del poder existe. Es un texto accesible para el autor del fake, forma parte de nuestro lenguaje. El mismo principio del lenguaje permite que la posición de la persona que hace una determinada declaración pueda ser ocupada (por lo menos potencialmente) por cualquier otra. 0 sea, el tono del poder puede ser imitado también por los que no poseen la legitimación prevista por el orden del discurso. En este sentido, puede afirmarse que el lenguaje es ambiguo y anárquico. El mismo procedimiento que ha transportado los efectos del poder al lenguaje de los individuos y que ha convertido las prácticas del propio lenguaje en instrumentos de ejercicio del poder, ha abierto a las autoras de fakes las posibilidades de la subversión. Como todos conocen el lenguaje del poder, el fake puede tornarse en una práctica cotidiana subversiva. Puesto que el ejercicio del poder tiene lugar a todos los niveles sociales -pues ya no queda restringido a una pequeña élite-, el correspondiente lenguaje es hablado por muchos (a diferencia, por ejemplo, del latín en la Edad Media). Los que mejor dominan el tono del poder son los que se mueven en el entorno o en los márgenes del poder. (En EEUU, por ejemplo, muchos pranksters son profesores de universidad.) Por esta razón, el fake más bien representa una forma de actuación de disidentes de la clase media que de los expulsados a la periferia, es decir, los más expuestos a la opresión. El fake tal vez funciona mejor cuando las identidades de los «fakeadores» y de los «fakeados» tienen algo en común (Deleuze/Guattari resumen esto en el concepto de la más pequeña diferencia mínima).

El hecho, precisamente, de que esta cercanía exista en muchas personas de izquierda quizás sirva de explicación para sus dificultades con estas prácticas. El «fakear» hace necesario tomar conciencia de la multiplicidad de las propias identidades y vinculaciones y poder jugar con ellas. Sólo así es posible agotar las identidades y los fragmentos de identidades de los autores en todo su abanico discursivo. No hay nada más fatal para el fake que la superstición de la vieja izquierda según la cual a una persona de izquierdas sólo le está permitido decir un discurso: EL DISCURSO VERDADERO.

El funcionamiento del fake

El funcionamiento del fake se basa en una paradoja: Por un lado, el fake debería serlo menos reconocible posible (o sea, la falsificación tiene que estar bien hecha); por otro lado, no obstante, debería desencadenar al mismo tiempo un proceso comunicativo donde quede claro que se trataba de una información falsa (o sea, el fake tiene que ser descubierto). En resumen, la fórmula es: fake = falsificación + descubrimiento/desmentido/reconocimiento. Esta fórmula, sin embargo, presenta varios obstáculos para las fakeras.

Un fake que se reconoce enseguida como tal, porque la falsificación está mal hecha, en el mejor de los casos se leerá como una sátira buena; en el peor, como una octavilla pesada. Hoy día, la producción de falsificaciones convincentes ya no representa ningún problema. Bastante más difícil resulta imitar bien el tono y la retórica del poder. Expresiones de la jerga izquierdista, por ejemplo, tendrían como único resultado que las lectoras detecten al cabo de dos frases la autoría.

No obstante, un fake que no se descubre en absoluto como tal es un fake fallido. Y en el peor de los casos duplica y refuerza el discurso de poder que quería imitar. Un ejemplo sería un aviso que indicara entradas diferentes a un edificio público para las personas, según tengan o no pasaporte alemán. Este tipo de fakes, que aparentemente parten de una institución legitimada, suelen colar sin mayores problemas. La gente con pasaporte extranjero lo percibirá corno una amenaza real, y su posterior desvelamiento por parte de los autores no cambiará para riada esta percepción. Lo decisivo para el efecto de un fake consiste en la irritación acerca de una situación comunicativa aparentemente clarísima. El objetivo es provocar preguntas sobre un proceso de comunicación. Preguntas como: ¿es posible que esta pregunta provenga de aquel locutor? Si es así, ¿cómo hay que interpretarlo? Si no es así, ¿por qué no? y ¿de quién será entonces? A primera vista, el enunciado es coherente; sin embargo, algo falla, pero ¿qué? Un ejemplo: »Una autoridad exige un comportamiento de carácter antiautoritario. A la gente se le presentan dos opciones: o bien obedece a la autoridad, comportándose de manera antiautoritaria; o bien se comporta de forma autoritaria, no obedeciendo a la autoridad». Tales paradojas tienen a menudo como resultado que la gente se dirija al (presunto) autor. En ocasiones, también ocurre que un fake sólo se hace objeto de discusión pública por la confesión de sus autoras. Eso pasa sobre todo cuando los medios de comunicación han sido las víctimas de un fake, ya que éstos no tienen ningún interés en publicar sus fracasos. Pero por regla general no hace falta una confesión explícita de los fakers, puesto que existe una extraña costumbre que les ahorra eso prácticamente siempre: la rectificación.

Con la rectificación, el poder intenta restablecer el orden alterado del discurso: el «fakeado» toma personalmente la palabra y explica a todos o al mayor número posible cómo ha sido realmente. Quien habla de hecho en el nombre del poder no se fía de que la gente sea capaz de reconocer por sí misma un fake. Los fakers se lo agradecen. Puesto que la rectificación otorga al fake prácticamente un visto bueno oficial. Como estas rectificaciones suelen publicarse en los medios de comunicación, le otorgan además una publicidad que muchas veces sobrepasa su propia trascendencia.

Dado que las rectificaciones se producen prácticamente de forma automática, algunos fakers las utilizan conscientemente. Ofrecen un buen campo de actuación para determinados fakes. Estos fakes de un nivel más exigente hacen de las suyas jugando con la forma literaria de los desmentidos. En el caso más simple ya consiguen su meta sólo con provocar muchos comentarios sobre la rectificación, aunque todo parezca estar en regla. Tal rectificación puede ser provocada por un fake totalmente inofensivo que no llame la atención de nadie. Resulta especialmente elegante y poco laborioso cuando las fakers logran que los representantes del poder hagan todo el trabajo. Basta con convencerlos de la existencia de un fake ficticio; y si todo sale bien, ellos desmienten algo que nunca se había dicho.

Incluso se ha intentado intervenir con una rectificación falsificada, sin que haya existido anteriormente un fake, partiendo los fakers del supuesto de que la rectificación de una rectificación requería unos peliagudos retorcimientos discursivos. Si los medios transmiten la noticia de que los 1.000 empleados de la empresa XY al final no serán despedidos, todos los afectados se preguntarán qué pasa con estas noticias, si es verdad o no. Así, la empresa se verá obligada a declarar que nadie será despedido, o quizás sólo 300 personas, etc.

Se ve que la rectificación es un medio poco eficaz para restaurar el orden discursivo. Incluso ya se han utilizado desmentidos falsos para dar apoyo a una falsificación auténtica. El primer paso fue no hacer nada: no había billetes de transporte falsificados. Luego se publicó el falso desmentido: se desmintió que hubiera habido un reparto de billetes gratuitos para todos los habitantes. Sólo después de este escrito se enviaron de verdad billetes de transporte falsificados... Todo eso podría ampliarse, en principio, hasta llegar a un juego total de declaraciones y rectificaciones falsificadas, a un proceso de simulación completa en el que se desarticulen y se rearticulen una y otra vez los órdenes del discurso.

El desmentido puede aplicarse también como una estrategia de los media de comunicación. Por regla general, los fakers tienen pocas posibilidades de introducir un tema en los medios burgueses, mientras que eso no constituye ningún problema para entidades públicas y otras instituciones. ¿Qué mejor estrategia, pues, que obligarles mediante fakes a divulgar rectificaciones en los medios de comunicación, facilitando así el trabajo mediático a las fakers? En este proceso, los fakers confían en la variabilidad interpretativa, es decir, en que la tematización mediática posibilite por lo menos la lectura por ellos perseguida. Un ejemplo: cuando en los media se dice que no ha habido ningún accidente en la central nuclear XY, esta noticia provoca más dudas sobre la seguridad de dicha central que cuando no se publica nada sobre la central. Los especialistas en publicidad conocen un fenómeno similar, pero en el sentido opuesto: cualquier información es buena con tal de que el producto esté presente en los media. Por esta razón no es de sorprender que ellos también hayan descubierto el fake para sus fines. La cadena VOX hacía propaganda de su mediocre serie «Space» divulgando un anuncio «fakeado» titulado: «Una iniciativa popular boicotea Space».

Pequeña tipología del fake

Una tipología del fake puede trazarse según los objetivos que se pretenden conseguir. Existen dos grandes líneas. La primera sería a quién se quiere «fakear», y la segunda a quién va dirigido el fake. En el libro Dies Buch ist pure Fälschung (Este libro es una pura falsificación), probablemente la mejor colección de fakes, van clasificados por los temas sociales a los que hacen referencia. A continuación vamos a hacer una diferenciación según los elementos fundamentales del orden discursivo que atacan y cómo lo atacan.

Amenazas y peligros

El poder (del Estado) garantiza la seguridad y el bienestar de todos. Lo maneja todo. Sus instituciones nos protegen de las confusas amenazas y peligros de la vida, de las mareas, del caos, de lo impredecible. La imagen de lo propio» seguro y poderoso y de lo «otro» amenazador constituye un elemento fundamental de los discursos del poder.

Fue sobre todo en los años 80 cuando un gran número de fakes intentaban hacer tambalearse esta imagen. Posibles catástrofes, amenazas y peligros, considerados en los discursos del poder corno imposibles, controlables o inofensivos, se convirtieron en el fake en una realidad simulada: centrales nucleares que reventaban, faltaban búnkers y salidas de emergencia, venenos y peligros acechaban por doquier. El mensaje de estos fakes siempre es el mismo: al contrario de lo que el poder pueda afirmar, no domina en absoluto la situación. Su modo de recepción es: todos saben que la situación es muy grave, y el fake demuestra que es/será aún mucho más grave. En realidad, dichos fakes, que surgieron sobre todo en relación con el movimiento ecologista y pacifista, no cuestionan la estructura fundamental del poder. Aparentemente contradicen la afirmación del poder de que garantiza la seguridad, pero no la idea de que ésa sea su verdadera tarea. Bien al contrario. Expresan el deseo de que el poder cumpla mejor con esta tarea. Justamente este anhelo de una seguridad absolutamente garantizada queda sin cuestionar.

Alteraciones del orden social

Los discursos del poder son expresión de las jerarquías sociales y, a la vez, su garante. Legitiman las desigualdades. No hablan de la buena vida para todos, sino de rendimiento, mérito y utilidad. El poder protege a las personas trabajadoras y castiga a los holgazanes e inútiles. Y si reparte entre ellas unas limosnas no merecidas, pide a cambio rituales de humillación y sumisión. (Cualquiera que haya frecuentado alguna vez las oficinas del INEM o haya pedido la ayuda familiar sabe perfectamente de qué estamos hablando.)

Sólo en contadas ocasiones el poder parece perder la cabeza y entonces empieza a repartir recompensas y castigos no merecidos: unos ciudadanos buenos y trabajadores reciben unas citaciones incomprensibles para presentarse en las oficinas del INEM, un partido cristiano distribuye entre jóvenes parados unos bonos para ir a comer a restaurantes de lujo, y a todos se les da billetes «gratis» para ir en autobús. Estos fakes tienen dos ejes de choque. Cuando se exige a unos ciudadanos impecables unos trámites inesperados, tras las fachadas de reconocidas instituciones aparecen las máscaras oscuras de las burocracias kafkianas, la cara veleidosa y amenazadora del poder.

En otros fakes, las instituciones reparten de repente unos beneficios inesperados: en 1975 se distribuyeron en Berlín Occidental un total de 120.000 tarjetas falsificadas de transporte público por valor de unos 30.000.000 de pesetas. En 1976, los sin techo recibieron bonos falsificados para comida y la mayor parte los canjeó. Las dos acciones fueron reivindicadas por las Revolutionäre Zellen (Células Revolucionarias). Tales fakes son, en primer lugar, falsificaciones. Quien los hace servir, sabe normalmente muy bien que de ahí no puede esperar ningún beneficio. A pesar de ello, se canjearon los bonos de comida y se utilizaron las tarjetas, y un grupo de jóvenes parados no vaciló en ir a comer a cargo de la CDU (Unión Democratacristiana) al Hotel Kempinski de Berlín (uno de los más caros de la ciudad; N.T.). Las falsificaciones ofrecen una cierta protección para acciones un tanto tenaces y antagonistas. Apelan justamente a un deseo no confesado y reprimido de una parte de las ciudadanas de rebelarse. La excusa «¡Pero si yo no lo sabía!» les da la posibilidad de experimentar un poco de resistencia cotidiana.

Este juego puede a veces conllevar ciertos problemas. El reparto de entradas gratuitas «fakeadas» para un banquete de vips entre gente sin techo puede resultar un tiro por la culata, si una de las personas se presenta en el lugar en espera de una buena cena y el servicio de orden la echa a golpes o si incluso es detenida. El riesgo lo corren no solamente los fakeadores subversivos (por regla general, ya cuentan con esta posibilidad), sino también las personas a las cuales se dirigen los fakes y que, cuando quieren sacarles provecho, suelen ser las primeras en comerse el marrón.

Tales fakes consiguen su efecto comunicativo sólo cuando obligan a las instituciones «fakeadas» a posicionarse claramente, desmintiendo, por ejemplo, que se les pudiera haber ocurrido repartir comida a jóvenes en paro.

El poder como patán

El discurso del poder destaca la racionalidad y objetividad de sus decisiones así como su preocupación por el bienestar común. Muchos ciudadanos, sin embargo, creen que gran parte de los representantes del poder son unos perfectos imbéciles. Por eso se contempla con cierta alegría maliciosa cuando mediante sutiles fakes se consigue que estos personajes se retraten en público como unos patanes. Quien desmiente con insistencia haber dicho o hecho alguna estupidez, sugiere a la vez también: «Pues sí, sí que podría haber sido yo, pero...»

El lenguaje performativo

Hay mensajes que no sólo tienen un aspecto lingüístico-discursivo, sino que también pueden provocar efectos materiales directos. Tales mensajes son denominados performativos. El que encuentra en su buzón una carta de despido o una sentencia judicial, se siente realmente despedido o condenado, independientemente del discurso que Io envuelva. Hay legiones de representantes del poder ocupados con la formulación y enunciación de expresiones performativos corno, por ejemplo: «En el nombre del pueblo», «Ego te absolvo» o «Hasta que la muerte os separe». Las falsificaciones que persiguen efectos materiales se basan precisamente en este aspecto de la comunicación. Y el descubrimiento de la falsificación es Io último que el autor desea, puesto que anula no sólo el efecto performativo, sino que puede tener también consecuencias desagradables. Cuando las «fakeras» se sirven de enunciados performativos, no pretenden sólo pasar un buen rato, sino también fines subversivos. Los efectos materiales de los mensajes se producen principalmente a raíz de consentimientos tácitos y solamente en casos excepcionales tienen que ser forzados mediante violencia física. Dichos consentimientos presuponen que los mensajes performativos sólo pueden ser pronunciados por personas legitimadas para ello y que los correspondientes efectos tienen lugar realmente. Mediante un fake y su subsiguiente desvelamiento se intenta dañar esta legitimidad para que pierda su aparente normalidad.

Un ejemplo: si la administración municipal informa a sus conciudadanos con un aviso fakeado de que procederá tal día, por un motivo especial, a recoger los frigoríficos viejos, puede resultar que ese día muchos frigoríficos acaben ciertamente en la calle. Al Ayuntamiento no le quedará entonces más remedio que recogerlos, si no quiere que los ciudadanos lo consideren una tomadura de pelo. En el primer caso, el mensaje performativo habría funcionado a pesar de que proceda de una persona no legitimada. En el segundo caso se habría dañado la credibilidad de la administración pública. Lo típico de la reacción de las instituciones públicas frente a los fakes es que lamenten la «confusión provocada entre los ciudadanos». Para el fakero la semilla de la subversión reside precisamente en esta inseguridad que pone en cuestión durante unos instantes el funcionamiento normal del orden discursivo.

El aspecto performativo de los fakes obliga a las instituciones del poder a restablecer de nuevo el orden discursivo mediante un desmentido, y de esta manera contribuye directamente a provocar el proceso de comunicación deseado por las fakeras. Los atacados se encuentran, por lo tanto, ante una «doble trampa»: por un lado, no pueden pasar simplemente del fake; por otro lado, sin embargo, el desmentido provoca el planteamiento de cuestiones más bien desagradables, la discusión de las cuales posiblemente representa el deseo de los fakers, pero seguramente no el de los atacados.

El caos comunicativo

El caos comunicativo se produce cuando llega un momento en que resulta imposible saber qué manifestaciones corresponden a qué interlocutor. Con algunos fakes muy bien elaborados ya se ha conseguido alcanzar por momentos tales situaciones. Con el polémico censo de población que se intentó hacer en Alemania, por ejemplo, hubo una interacción a muchos niveles y muy efectiva entre efectos performativos y comunicativos, fakes y desmentidos. El objetivo era claro: provocar desorientación e introducir falsos caminos de comunicación el tiempo necesario hasta que nadie de los implicados supiera ya de qué iba la historia.

La Tercera Guerra Mundial será una guerra de guerrilla de la información
sin distinción entre la población militar y civil (Marshall McLuhan)

El fake se entiende como ataque al poder, a pesar de que su técnica se parezca al repertorio de los servicios secretos que utilizan métodos de desinformación y falsificación. Justamente para gente que cree vivir en la era de la «sociedad de la información», estas técnicas se han convertido en un medio de guerra, de lucha por el poder. En la Guerra del Golfo se aplicaron masivamente formas de desinformación mediática y extramediática. Pero las semejanzas con un fake son mucho menores de lo que pueda parecer a primera vista, puesto que las falsificaciones de los servicios secretos apuntan por regla general a la información misma. Se pretende que la información falsa influya en acciones del adversario, las provoque o impida, o que sirva para contribuir a cerrar las propias filas. La falsificación realizada por los servicios secretos utiliza los canales de comunicación de modo lineal y sólo sustituye secretamente el emisor por uno falso. No trabaja con la ambigüedad de la información.

A diferencia de la falsificación de los servicios secretos, el fake representa una forma de expresión de las voces sin poder, condenadas a callar por las estructuras discursivas del orden. Como instrumento deslegimitador del derecho a hablar del poder apunta a la propia estructura del proceso de comunicación. En el enfrentamiento por la POSESIÓN del poder, esta forma de crítica fundamental carecería totalmente de sentido. No es casual que las técnicas del fake no desempeñen ningún papel esencial en los conflictos bélicos. Como el fake no intenta ganar posiciones «estratégicas», ni le interesa meterse en las luchas por el poder, puede incluir ya su propio desvelamiento y convertirlo en un arma de subversión comunicativa. Al resistirse por Io menos durante unos momentos al juego del poder, los fakers ganan nuevas posibilidades de ataque, de subversión y de crítica práctica.

REFERENCIAS

- Foucault, Michel: El orden del discurso, Barcelona. 1980.

- Foucault, Michel: Microfísica del poder, Madrid, 1979.

- Deleuze, Gilles/Guattari, Felix: Mil mesetas Capitalismo y esquizofrenia. Valencia, 1988.

- SpassGuerilla, Münsler, 1991. (Berlín, 1982), p. 116.

- Huth, Peter/Volland, Ernst (ed.): Dies Buch ist pure Fälschung, Frankfurt, 1989. Este libro se basa en los fondos del Bremer Archiv G.Falschl. Cfr. el apartado de Servicios.

- Se pueden encontrar numerosas falsificaciones y fakes en la World Wide Web. Bajo «hoax», se encuentra una introducción en

- ID-Archiv im IISG/Amsterdam (ed.): Texte und Materialien zur Geschichte der Revolutionären Zellen und der Roten Zora, vol. Berlín, 1993, pp. 124-126.

Texto extraído del "Manual de guerrilla de la comunicación", Virus, 2000, Barcelona
http://www.antimilitaristas.org/spip.php?article2032

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